La soledad de los valientes

Mis mayores, sobre todo aquellos que viven solos. Aquellos que al anochecer, se rodean de la triste soledad de la casa. No nos olvidemos de ellos.
De todos esos que no reciben ni visitas, ni llamadas de teléfono en varios días. Aquellos que en algún momento han fallecido en la soledad de un rincón, sin que nadie se enterara. Esos, están atemorizados con esta pandemia. Las noticias les aterran… son frágiles y además conocen el riesgo que corren… Se pueden morir y nadie pregunta.
El virus les ha confinado aún más, en la soledad de su hogar. Personas mayores cuya tarea del día era salir a comprar, saludar a las vecinas, acudir al banco, al médico y a pasear por la tarde… con lo que les cuesta.
Se plantean… ¿esto es vida? Y sin embargo tiene miedo a morirse, no quieren… quieren vivir. Pero esta soledad….



Todos ellos han salido valientes a los balcones. A aplaudir y rendir homenaje a las personas que lo han dado todo durante la pandemia.
Hay personas mayores que aún viven, solos, en sus casas. Son mis pacientes que van por la consulta del centro de salud y a quienes conozco y aprecio… Hablamos por teléfono para ver cómo va su salud y otras cosas… Su agradecimiento es tal, que derrocha ternura.
Me siento halagada… “Gracias hija, por preocuparte por mí”. Algunos incluso tienen familia, pero con la excusa de no contagiar, dejan la compra en la puerta.
No pueden recibir ni un beso, ni un abrazo… pocas palabras de ánimo. Que tristeza nos está dejando este dichoso virus.
Sin embargo… “No hija, es mejor así… que tienes niños pequeños y mucho trabajo”. Todo se disculpa.



También algunos entusiastas, se han lanzado a colaborar. Elaborando mascarillas de tela con sus máquinas de coser. Pantallas de protección… “Así estamos ocupados y entretenidos…” Y se sienten útiles colaborando.

Los mayores son unos valientes.

Hay familias que tienen a sus mayores en residencias, incluso algunos habían ingresado a su padre o a su madre en una de ellas justo antes del confinamiento, buscando un mejor cuidado,m¿ procurándoles compañía y atención durante todo el día para ofrecerles seguridad.

Sin más, las visitas diarias se ven suspendidas y nos quedamos con una sensación de abandono por parte de mayores y familiares. Están ahí, pero no podemos verlos, ni abrazarlos… La tristeza en su voz por teléfono, persiste durante todo el día. La de aquellos que pueden hablar. Porque hay quienes solo se comunican con una caricia, o con la mirada, y eso, ahora, no puede ser.
Nunca antes habían extrañado tanto a las personas que los rodean. Incluso a aquellos que no sienten tan cercanos, como vecinos y conocidos… Ahora la comunicación con los demás se siente más importante que nunca. Necesitan saber que aún son importantes, que se les aprecia y se les quiere, que los extrañamos.



¿De qué forma podremos ahora expresarles nuestros sentimientos? ¿El respeto y el amor que sentimos por ellos? No podemos tocarlos, abrazarlos ni besarlos.
Parapetados detrás de las mascarillas, solo nuestra voz, pero sobre todo nuestra mirada puede expresar, con sinceridad, lo que sentimos.
Son nuestros ojos, los que, en estos tiempos, sustituyen nuestros abrazos besos y sonrisas. Que están ahí, en nuestro corazón, junto con el respeto que sentimos hacia ellos. Esperando que todo esto pase, para salir a borbotones como un volcán. Pero hasta entonces, no nos olvidemos de ellos, de sus sentimientos y su necesidad de cariño.

Transmitamos paz y sosiego. Que nuestros ojos digan con amor “Te veo”.

Marina Cordón Rodríguez
mcordonrodriguez@gmail.com
Salamanca

5/5
Ana Rosa Abrahín

Ana Rosa Abrahín

Experta en Gerontología y conductora del programa de radio “Había una vez, hoy” de LRA 29 Radio Nacional San Luis.

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