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Eliana murió sola

ATENCIÓN: En este relato se han reemplazado u ocultado nombres de personajes ciudades e instituciones.

Conocí a Eliana el año 2 mil y tanto, a sus 95 años, en un lugar popularmente conocido como “hogar de ancianos”. Ese año yo me había empeñado en realizar voluntariado dirigido a adult@s mayores vulnerables, y dentro de la poca oferta que había, encontré finalmente una oportunidad un lugar lejano y silencioso.

Comencé a asistir al “hogar” todos los sábados a las 16:00 hrs. Mi objetivo era poder hacer alguna intervención novedosa, algo que fuera distinto a los bingos que un grupo de voluntarias más antiguas estaba haciendo hace harto tiempo en el lugar.

Suponía que sería posible realizar un taller literario donde l@s residentes y yo pudiéramos comentar libros y noticias, pero no consideré que la mayoría de ell@s podría tener deterioro cognitivo y/o sensorial.

Resulta que no estaba el terreno fértil para realizar este tipo de actividades, por lo que rápidamente tuve que cambiar mi estrategia y reemplazar las intervenciones grupales por intervenciones individuales que estuvieran a la medida de las capacidades de cada cual.

Comencé a acercarme a algun@s adult@s mayores mientras tomaban “once” pero casi siempre elegí a la persona equivocada. No conocía técnicas para comunicarme efectivamente con personas que tenían problemas de audición y/o para hablar, e intentar obstinadamente algo que no sabía cómo hacer, me estaba llevando a la frustración.

 

“¡No tengo las herramientas para hacer un porte acá!”

 

Tanto que me quejé del asistencialismo religioso y tanto que confiaba en mis conocimientos gerontológicos como para lograr hacer algo valioso para estas personas mayores, pero lo cierto es que me estaba dando vueltas en círculos…

De repente, mientras me esforzaba en entablar una conversación con una mujer con problemas de habla, en una de esas “onces”, vi que Eliana me estaba mirando con atención.

La descubrí, y ese mismo momento supe que estaba en un perfecto estado cognitivo. Me estaba escuchando con atención, la única razón por la que no me hablaba era que tenía algo de vergüenza. No era tan “canchera” como para iniciar una conversación de la nada.

Seguro le llamaba la atención que no hubiese abandonado el “caso” antes y le interesaba saber hasta dónde podía llegar mi paciencia, seguro nunca había visto a alguien intentar tan tozudamente, hablar con esa mujer que sólo balbuceaba.

 

Nuestra primera conversación

 

Cuando terminó su “once” salimos del edificio para conversar en el patio. Ella estaba en silla de ruedas, por la que la ayudé a bajar la rampa. Era verano, entonces era agradable estar afuera, por lo menos hasta las 18:00 hrs.

Mostré interés por su historia, su biografía. Me contó que su familia era de la zona, por lo que ella siempre vivió muy cerca de donde actualmente se encontraba el “hogar”. Amaba las máquinas de coser y conocía todas las marcas y modelos,  porque desde su adolescencia se había dedicado a las costuras y al diseño de vestuario, trabajo de mujer, que validaba su padre.

Me contó varios relatos de su adolescencia y juventud, de situaciones tragicómicas que le pasaron y que en ese momento recordaba como anécdotas. Su buen humor, su risa fácil me parecían extrañas dentro del contexto en el que ella se encontraba en ese momento, o por lo menos, creía que desentonaba con el estado de ánimo de sus compañer@s, quienes se encontraban como en una cárcel, mientras ella gozaba un hermoso mundo interno, lleno de recuerdos, que la hacían libre y feliz.

Sin desmedro de lo anterior, yo podría decir que, objetivamente…

 

Su vida era nada libre ni nada grata

 

Dentro de las conversaciones, de tanto en tanto, surgían revelaciones sobre el trato que recibía de las cuidadoras en el “hogar”. Situaciones que para ella tenían todo el sentido del mundo: como que mujeres jóvenes gustaran de escuchar la música a todo volumen, como que demoraran en llevarla al baño cuando ella solicitaba ayuda para sentarse en el inodoro, porque eran muy poco personal, o que simplemente le dijeran que mejor se “hiciera” en los pañales que llevaba, siendo que ella no tenía incontinencia urinaria.

Para mí, todo gritaba ¡NEGLIGENCIA! ¡MALTRATO! con mayúsculas, pero para ella era normal: “las niñas tienen mucho trabajo, somos muchos y ellas son muy pocas…”, etc., etc. Típica justificación de una víctima a su agresor.

Estas no serían las últimas negligencias que sufriría. Creo que nunca imaginó que una negligencia la llevaría a una muerte totalmente evitable.

Tenía un hermano mayor que se encontraba vivo. Él era su única preocupación.

Tenía un problema de alcoholismo, unas cataratas que tenía que operar, una esposa con demencia, y unas hijas que – en su opinión- sólo estaban preocupadas por la herencia que los padres le podrían dar.

 

Su historia

 

Me transmitió que amaba mucho a sus padres, me llamó tanto la atención que los nombrara como “mami” y “papi” a sus 95 años y habiendo pasado más de 40 años de la muerte de sus progenitores.

Tan atípico para mí escuchar a una mujer tan mayor tratar a sus padres como lo hace una niña. Estas cosas hacían de Eliana alguien tan especial y valiosa.

Sentí rabia porque ninguna de las personas que podrían haber hecho algo reaccionaron con la humanidad necesaria para perpetuar su vida o al menos procurar una mejor y más digna muerte.

Le importaba tanto su familia que de vez en cuando me preguntaba por la mía, por mis padres. Creo que le sorprendía que le dijera que siempre se encontraban haciendo cosas por separado. Dentro de su forma de ver los roles de género, creo que le sorprendía que mi madre y yo tuviéramos una vida independiente de las actividades de mi padre.

Le conté también que mi pololo estaba estudiando en Buenos Aires un Magister y que ese año y el siguiente tendría una relación a distancia con él. Compartí con ella que las comunicaciones serían un desafío, pero que, afortunadamente, tendría la oportunidad de viajar varias veces al año para verlo.

 

Toda la tragedia de Eliana inició ESTE fin de semana

 

Mientras estaba disfrutando de mi primer viaje a Buenos Aires.

Eliana era de las típicas mujeres adultas mayores que nunca se casaron ni tuvieron hijos, adelantadas, que no se obligaron a seguir las convenciones sociales, y que hoy destacan por ser más longevas que el resto de sus congéneres. Seguro que algun@ de mis querid@s lector@s conoce alguna señora adulta mayor que calza con este perfil: mujer adulta mayor, soltera y sin hijos, sana y muy longeva.

Volví de mi viaje y el fin de semana siguiente fui al hogar, como ya era costumbre.

Eliana estaba en cama. Conversé con ella en su habitación y me comentó que había estado toda la semana con un dolor fantasma en una de sus piernas amputadas, un dolor que no le había permitido dormir ni una sola hora, por varios días. Me contó que tuvo que esperar varios días para que el médico que visita el hogar de vez en cuando, le dejar un medicamento que le permitiera controlar ese dolor y dormir un poco.

Estuvimos juntas sólo una hora, en la que conversamos y cantamos algunas canciones de su juventud, que yo había buscado en internet durante la semana, entre ellas, “La Raspa Popular” de la Sonora Matancera de 1949. Tuvimos que despedirnos pronto, porque era notorio que el dolor la estaba afectando mucho y tenía que descansar.

A la semana siguiente, cuando fui al “hogar” Eliana ya no estaba, había sido hospitalizada. El dolor no cesó, sino que empeoró, lo cual tuvo como consecuencia que por fin la examinaran a conciencia y notaran que tenía inflamado el vientre. En el hospital diagnosticaron una afección grave al hígado causada por cálculos biliares, que debía ser operada lo antes posible.

 

Pero no fue operada rápidamente

 

Nadie quería tomar esa decisión porque, a la edad de Eliana, el éxito de la intervención no estaba asegurado.

Como ningún médico quiere cargar con un fracaso en su historial, el caso de Eliana pasó de mano en mano sin que generara demasiado interés entre los profesionales del recinto.

En el contexto de esa incertidumbre, pude visitarla una vez en el hospital. Sólo haciendome “la simpática” me dejaron pasar, al no ser familiar, no gozaba de ese derecho.

Eliana estaba en una sala común…

 

Pero su soledad era tremenda

 

Nadie le había dado agua en horas, por lo que tenía los labios y la lengua completamente partidos. Con dificultad convencí al personal que se encontraba allí para que me dejaran mojar un algodón en agua. Conversé con ella por 20 minutos a pesar que me habían dado sólo 5 y lo tragicómico fue que sólo al minuto 10, me reconoció.

Cuando lo dije la fecha en la que estábamos, se asustó. Estar encerrada sin hablar con nadie le había dificultado dimensionar la cantidad de días que había pasado en el hospital. Evidentemente, para ella había sido una eternidad, una tortura.

 

Eliana estaba lista para morir

 

Me dijo que entendía que Dios la quisiera llevar con él. Quizás, en el fondo, le alegraba la posibilidad de morir el día de la muerte de su madre, cuya fecha estaba muy próxima.

Lo que sí le preocupaba era su hermano, no quería que los encargados del “hogar” le contaran que ella estaba hospitalizada, no quería preocuparlo.

En el fondo, ese día ella se despidió de mí. Me dijo que lo “pasara bien”, como si quisiera transmitirme que lo único importante en la vida era eso, que en lo que hacemos, lo pasemos bien, no mal, que no vale la pena pasarlo mal en la vida, o algo así.

Murió al tiempo de su operación, porque esta no salió bien. No me sorprende, con el tiempo que dejaron pasar.

Para rematar esta historia con algo que creerían imposible, cuatro meses después me enteré que el cuerpo que devolvieron al “hogar” no era el cuerpo de Eliana. Allí velaron a una mujer desconocida, mientra su cuerpo estuvo esperando en morgue.

Ocultaron el error sin que nadie se diera cuenta. El hermano no tuvo que llevarse el disgusto de su vida.

No pude asistir a su funeral porque no me enteré a tiempo de su muerte.

Nunca más volví al “hogar”.

 

Socióloga (Universidad de Valparaíso) y Máster en Gerontología, Dependencia y Protección de los Mayores (Universidad de Granada). Más conocida en redes sociales como Javiera La Envejeciente. Fundadora y Directora de Pensar Sin Edad - Revista Digital, influencer en envejecimiento y adultez mayor, activista en favor de los derechos de l@s adult@s mayores y del derecho de tod@s a envejecer con calidad de vida.

Comentarios (4)

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    viviana schulz valdés

    Una historia muy triste , pero relatada con un estilo tan especial que nos dignifica como personas mayores. Gracias por su trabajo amoroso !!!

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    MARIA ANTONIETA EYRAS

    Javiera .cuanta ternura tiene tu relato! Presido una asociacion de auto ayuda al adulto mayor “Gente Grande en Accion”en nuestro pais hay destrato y desamor para con los mayores…nuestra mision es concientizar a los mas jovenes……tenemos un programa de radio los miercoles en Radio del Pueblo AM830 de 14 a 15hs y comentare tu. experiencia..Un abrazo

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    Ricardo Zurita Vásquez

    Es penoso descubrir que a los 95 años una persona recién fue escuchada. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! Esa mujer tenía tanto que transmitir, cuánta riqueza podría haber habido en sus relatos, cuanta experiencia enriquecedora que pudo haber transmitido. Se debe tener más atención en las personas de la tercera y de la cuarta edad; much@s necesitan recibir y otr@s tant@s necesitan dar. Gracias por el relato. Me insta a crear cosas para las personas de edad.
    Soy un viejo que quiere entregar también.

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  • Laura Gajardo A.

    Laura Gajardo A.

    Excelente relato que traduce el abandono que sufren las personas mayores, escrito desde la experiencia donde las emociones positivas y negativas surgen producto de las reacciones humanas de nuestra directora Javiera como igualmente de las injusticias del sistema.
    Pero la sociedad está de a poco cambiando, valoro la dedicación y sensibilidad que Javiera pone en todo su trabajo para dignificar, destacar las capacidades de la madurescencia, y así como ella hay mucha juventud que está tomando conciencia de que la vejez es un ciclo de vida que es tan importante como los otros, esta juventud es sembradora de un cambio de mentalidad en la sociedad.

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