El Árbol.

Hay que echar los pies al camino, bañarse con la garua del amanecer y el rocío que capturan los azahares, ¿que más perfume necesito?
Correr con los pies descalzos, abrir los brazos y sentir como el viento intenta atravesar el alma. Dejar a la imaginación en su libre albedrío y volar por las montañas, cruzar los mares, penetrar los bosques milenarios y nadar en esas nubes pensando que son ríos de dulces malvaviscos.

… Soñar , soñando que soy infinita sabiendo que al despertar faltan menos recodos.

Nací en verano, débil, con frío y temblando fui avanzando en el otoño, junte las hojas de mil colores que fue dejando la brisa del atardecer a mis pies, así logre pasar el invierno.

Cuando llegó la primavera empezó mi crecimiento y también mis amarguras. Mi tronco se dobló de dolor, cuando a hachazo feroz me atacó el viento, se batieron mis ramas cual barca en mar abierto y cayeron mis hojas como lágrimas de pena, cuando el roció me negó el riego. Pero seguí creciendo, más no faltó el que quiso talar mi cimiento y volví a pararme a pesar del sufrimiento.

Nuevas primaveras me trajeron renuevos y más fuerte se puso mi tronco, mientras acunaba nidos que habían hecho los zorzales.

Quiso Dios, que mientras el tormento arreciaba cual nube negra en el firmamento, mis raíces crecieran y se fueran enredando, apegada a la tierra como niño al pecho.

Así, han pasado los inviernos, el otoño gris y el renacimiento primaveral de este jardín que, hoy en soledad, solo espera que abra la última rosa del rosal, para que alcen el vuelo las golondrinas rezagadas, los grillos silencien su melodía y la brisa comience a desvestirme nuevamente, para que la desnudez haga visible, las cicatrices que me ha dejado el tiempo.

5/5
Rosa Alquinta

Rosa Alquinta

Nací en la ciudad de La Serena. Toda la vida me gustó la poesía. Escribo desde niña.

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