Caminando por Europa en tiempos de pandemia.

Recién llegada de Barcelona a Zaragoza, en la una buena compañía que era una amiga, conversaba disfrutando de un café con churros y chocolate caliente.

Ella me preguntaba cómo había encontrado a Barcelona, ya que hacía cuatro años que no la visitaba.
Le conté que me había sorprendido los cuidados ante posibles contagios. En el súper habían guantes transparentes para tomar las frutas y las verduras, lo cual me pareció muy bueno y a ella también. Estábamos terminando noviembre y yo planificando mi viaje a Holanda.
La calidez del café invitaba a quedarse, pero tenía hora a la peluquería lo que me obligó a despedirme de mi amiga. Caminé muy abrigada y tomé un bus que me dejaría en la puerta de la peluquería.



Como siempre, mirando por la ventana, viendo el silencio de lejos, de la gente caminando y los árboles cubiertos por el hielo. Ya en la peluquería, me hicieron pasar de inmediato y me hice manos y corte. Se escuchaban las conversaciones, con la vehemencia española que las caracterizan.

Pero mucha quejumbre sobre salud. Todas tenían alguien enfermo en casa. Entonces recordé que cuando llegué a Madrid y me recibieron en el aeropuerto, una amiga me dijo acá debes cuidarte mucho de la gripe, porque cuesta sacársela de encima. No le di importancia, pero le agradecí el consejo.
Una vez terminada mi atención, me dirigí a un restaurante donde me esperaban unas amigas a almorzar. Fue rico y agradable. Ellas comentaron de sus trabajos y de la gripe.



En la tarde fui a un museo de ciencias, muy bello… y al entrar nos ofrecieron gel para las manos. A la salida me dirigí a casa donde estaba alojando y al llegar me cuenta la dueña de casa que su marido había llegado temprano del trabajo porque estaba con dolores en el cuerpo y cabeza. Le dije: “Será gripe”, “Así me parece”, contesta y mandó a comprar ibuprofeno y antigripales.
Fui a mi dormitorio con una taza de té caliente y busqué una buena película. Esa noche sentí mucho toser. Ya a las 8:00 AM en casa todo funcionaba. Me dirigí a la cafetera para tomar un café delicioso y humeante, lista para salir a caminar.
Todas las ciudades europeas son bellas y con mucha vegetación, flores y árboles en parques que rodean la ciudad. Entré a una farmacia a comprar un perfume español.



Esperé mi turno con tres personas delante mí. Fui escuchando los pedidos y todos muy parecidos al que compraron en casa. Cuando llegó mi turno, le pregunté a la persona que me atendía si había mucha gripe, respondió “Sí, hay mucha gripe porque es invierno y las temperaturas están muy bajas”. Me quedé clara al respecto.

Fui a comprar mi pasaje a Holanda por dos meses hasta el 20 de febrero, así que quedé tranquila y continúe caminando por España y “observando al ser humano”, lo que me gusta mucho, porque así se conoce más de su historia y se entienden las consecuencias.

Muchos cafés y bares, todos juntos, llenos a toda hora. A través de diferentes conversaciones me enteré que se comían dos comidas al día y que generalmente una era de tapas y café o alcohol. Era la alimentación diaria. Se preocupan mucho de mantenerse en forma así que caminan mucho y a ritmo rápido y comen poco.

Viajé alrededor del 20 de diciembre a Holanda. El aeropuerto… con poco control sanitario y mucha gente. Llegué a La Haya. Una de las primeras cosas que necesité fue cargar mi teléfono, un joven muy gentil me ayudó acompañándome a un parque cercano donde enchufó mi cargador y me dijo “¡Venga…! Siéntese acá”, “¡Pero es un columpio!” dije yo, “Sí, yo le ayudo” y comenzó a columpiarme. En ese momento descubrí que la tecnología y el ahorro de energía era dos cosas muy importante en ese país. Esperé un rato y llegó mi hijo a buscarme.




Muy felices nos fuimos conversando a su casa y en el trayecto me contó que el ahorro de energía es grande y un ejemplo para el mundo. A los costados de todas las carreteras había paneles que capturaban energía de la velocidad de los vehículos para distribuir esa energía a la ciudad. Lo encontré increíblemente bueno. Ya había oscurecido cuando me dice que estamos llegando a su hogar. Que lindo lugar, era un balneario con un casino y un hotel gigante y hermoso. Detrás de la casa estaba la playa, caminamos unos pocos metros y llegamos.

“¡Espera”, déjame ver de frente tu casa”, la observe y le dije “¡Pero si es la casa de Ana Frank!”. Yo hace cuatro años la había visitado en Ámsterdam. Eran casas de tres pisos, pareadas, pero muy bellas. Lo que me llama la atención es la oscuridad, “como si la luz estuviera de adorno”, le dije a mi hijo. “Sí”, cuando llegue me causó inquietud, pero acá es tranquilo y es parte del plan de economía energética.

Sorprendente Holanda. Que ahora por decreto se llama Países Bajos. Comencé a caminar por sus calles. La gente caminaba rápido y los jóvenes eran muy conversadores y gustaban de los juegos de roles. Eran seguros y claros para decidir lo que querían. Visité otras ciudades y todas eran similares, la ciudad, cerca de la playa y el campo.

Fui invitada a comer comida típica holandesa. El postre muy sabroso, peras acarameladas. En la conversación admiré el físico de los holandeses, muy delgados y bien formados. Y me contestaron que hacían deportes y caminaban mucho. Y la comida, dos veces al día.



Llegó enero de 2020. Yo por esa época visitaba diariamente los periódicos españoles online, los leía hoja a hoja y alrededor del 25 de enero leí en un diario de Barcelona que 25 familias se encontraban con coronavirus. Se lo comenté a mi hijo y me dijo que ya se estaba hablando del tema en la Universidad.

Seguí caminando. Un día pasé al negocio pakistaní que me gustaba visitar y no encontré a la vendedora que siempre me atendía, pregunte por ella y me dijeron que se enfermó y está con licencia. “¡Qué lamentable! ¿sería algo que comió y descompuso su estómago?”, respondí. “No”. me dijo el joven que me atendió, “Esta con gripe”. Pensé que nunca lo iba a escuchar en Holanda, pero así fui conociendo gente enferma.

En febrero ya llegaba la ambulancia con su ruido característico de “sirena nazi” de películas de guerra que me asustaba, cerca de la casa, se llevaba a gente en camilla, lo que comenzó a ser cada vez más frecuente.

Decidí comprar mascarillas pero solo habían por Internet, había que esperar para recibirlas.



Ya tenía que regresar a España. Viajé a Róterdam. Para confirmar mi reserva, vi jóvenes abrigados y torciendo. Almorcé comida asiática y regresé a Scheveningen. Así se llama la ciudad donde viví un tiempo, comuna de La Haya. Después supe que había muchos contagiados. La Universidad cerró en abril y en España estaba peor que cuando la había dejado.

5/5
Victoria de Lourdes Quiroz López

Victoria de Lourdes Quiroz López

Chilena en España. Bibliotecóloga. Magister comercio internacional.

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2 respuestas

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