2020 y más

¿Habrá otra ciudad más bella que “Ciudad Bella”? Una ciudad que cuenta con un camino costero que la une a otras ciudades lindas, que cuenta con cerros desde donde se puede apreciar sus preciosas playas o largas caminatas por ellas, que cuenta con un puerto cercano con barcos a la espera de que sean atendidos por su gente, junto a sus nubes de gaviotas que también le dan la bienvenida.

Desde todo improvisado mirador, se puede disfrutar de sus atardeceres y puestas de sol, para luego ver el titilar de las luces en los cerros. Es una ciudad que encanta.

Todos los fines de año esta ciudad sufre una transformación, de una ciudad tranquila, de andar cadencioso, de clima ideal, de avenidas con hermosos jardines de flores y aromas… Su cambio es debido a la invasión de visitantes que esperan disfrutar de su belleza y de todos los espectáculos de temporada estival. Su vida se prolonga con sus horarios nocturnos, sus luces multicolores que dan vida especial a la noche. Se descansa poco y se disfruta mucho. Nacen romances veraniegos, amistades, nadie queda sin panorama, SE respira alegría… los sentidos son más sensibles a las bellezas del entorno.



El fin de año es famoso por su espectáculo, fuegos artificiales que iluminan el cielo de múltiples colores y formas (cascadas, guirnaldas, palmeras, estrellas, bengalas…) emocionantes recibimiento, lleno de esperanzas, sueños, nerviosismo y ansiedad… la expectativa de lo que nos deparará el año 2020, esperado por residentes y visitantes con todas sus gentes: familias completas, amigos, todos.

Los abrazos son por miles, con cercanos o con quien se te cruce en el camino. La felicidad y los buenos deseos. Es desbordante, la risa espontánea, es constante.



Bueno, mientras en esta ciudad se realizaban bellos y entretenidos eventos, los noticieros internacionales informaban de un nuevo virus que ataca la ciudad de Wuhan, capital provincial de Hubei, ubicado en la parte central de China.

La próxima noticia viene de ese continente: “se cerró la ciudad, por la rápida expansión del virus”. Faltando un día para el año nuevo chino, principal fiesta familiar china, celebrada en el mes de enero, donde, al igual que acá, las familias y seres queridos viajan para reunirse y festejar.

Las ciudades comienzan a entrar en cuarentena. Todos recluidos en sus residencias, las ciudades se vuelven fantasmagóricas, las salidas solo con autorización y sólo para la adquisición de bienes de primera necesidad. Por este mismo aislamiento, comienzan a escasear los productos. A pesar de nuestra aparente tranquilidad, la situación se vuelve muy tensa, el temor nos invade y la incertidumbre ante lo desconocido se instala.

Así se da paso a la Gran Pandemia de nuestra nueva era, que ha atacado a todo el planeta sin distinción de ningún tipo, transversalmente, en todo sentido: razas, economías, creencias… un hecho inédito y dantesco.



Mientras transcurre nuestro verano, lamentamos lo que está pasando en aquel continente, imaginando que nuestras vacaciones serán las de siempre, esperando un marzo muy descansado y feliz que haber compartido con la familia (nosotros los residentes muy agotados por estas visitas en masas). A todos los que vivimos en ciudades costeras con clima ideal nos pasa, que siempre nuestros seres queridos nos consideran en la época de verano… “Bueno” pienso  “ya llegará marzo y la ciudad tomará su ritmo normal y nosotros con ella”. La despedida es hasta la próxima temporada veraniega.

Pasan las semanas y las noticias de este “resfrió camuflado” ya informan muchos fallecidos y gran cantidad de infectados del llamado Covid-19.

En Europa los hospitales ya no dan abasto, se llama a cerrar las fronteras y la preocupación pasa del miedo al terror al saber sobre su rápida expansión y cantidad de fallecidos en el mundo cuyos certificados solo dicen como causa: Covid-19, además de la población en riesgo son los adultos mayores.

Los profesionales de la salud son nuestros héroes al estar luchando contra un enemigo desconocido y sin contar con recursos y una estrategia de ataque certera.

Es una amenaza mundial a la salud que afecta a todos los países independientes de su tamaño, riquezas y poderío.

Se comienzan a tomar medidas sanitarias drásticas, se cierran lugares de trabajos, estudios, comercio, reunión y diversión, por recomendación de organización Social de la Salud (OMS).

La economía se ve muy deteriorada y nos resentimos todos en muchos aspectos.



El uso de mascarillas es obligatorio, el lavado de manos, el distanciamiento físico… sobre todo cuando nos abastecemos de insumos básicos.

El caos ya está presente, ante tanto cambio inesperado de vida, el cuerpo se va resintiendo física y mentalmente.

Pasan los días, todos buscan la respuesta esperada, una que de tranquilidad, pero nadie al parecer la tiene. Se comenta que sólo es un virus fabricado con fines políticos, nada nos da la calma necesaria para saber qué hacer… “¿voy en ayuda de otros o me aisló en mi casa?”. El llamado es “No salgas, quédate en casa”.

Bueno, llega el llamado de mis hijos. Comentan que sus domicilios serán -por obligación- sus lugares de trabajo, conviviendo todos juntos, horarios continuos, que no son -precisamente-vacaciones, padres, hijos, mascotas.

Se debe prescindir del personal doméstico, todos deben permanecer en sus casas. Se debe solicitar autorización de la autoridad sanitaria para trasladarse fuera del lugar de residencia.

Dado lo inesperado de esta situación, no hay planificación del funcionamiento diario. El trabajo es vía Internet, con prolongadas jornadas. No se respetan los horarios de alimentación y se come lo que hay a la mano. Los perros salen a hurtadillas… extrañan sus caminatas y árboles… la frustración se expresa destruyendo todo lo que esté a su alcance.

Solución del tema; “nos vamos a casa de mi mamá”, todos felices y contentos.



Me preparo para que todo en el hogar tenga un aspecto normal y rutinario… espero.

Llamo a mis amigas para contarles que los niños se vienen a casa para pasar la temporada de pandemia, que debería ser máximo -según yo- 3 meses, tiempo suficiente para regularizar todo. Ellas felices me cuentan que sus hijos también harán lo mismo.

Todas compartimos la alegría de estar con ellos para “disfrutarlos”.

¡¡¡Llegan al fin!!!, con equipamiento ¡casi de mudanza!, hasta las mascotas traen sacos de comida, juguetes… en fin, la alegría es inmensa, reímos y nos damos abrazos espontáneos de contención y protección, enmascarados todos, los perros saltan, ladran.

Tengo preparada la casa para recibirlos casi como si fuera una fiesta de fin de año, pienso que lo de trae la pandemia no puede ser tan malo: me reúne con mis amores.

En casa comienza a desarrollarse un reality.

La jornada inicia temprano, me cruzo con mis hijos cuando van con un café “camino a la oficina”. Los niños toman sus desayunos para ir a “clases”, mientras yo saco a pasear las mascotas antes de que se filtren. No son tan tiernos como los conocía, rompen todo… de mi parte de vigilancia policial con ellos, dan más trabajo que los nietos.

Mi jornada matutina ya lleva horas y falta la preparación del “almuerzo familiar”. Soñadora yo, veo a mi nieto pegado al televisor “¿y no estás en clases?” consulto, responde “Es que tengo una ‘ventana'” ¡Será! No hay programación ni planificación en esta convivencia. Pero para mí la gran alegría es tenerlos conmigo, nada es más importante y continuo en mi aprendizaje del “modo covid”.

Los reclamos son: “¡Abuela!, no metas ruido con la aspiradora”, “No tienes buena señal de Internet”, “El perro me comió el cable”, “Alguien me saco el mouse”, en fin.



Ya todo preparado para el almuerzo, los puestos asignados, mesa puesta y con las preferencias de cada uno. Aviso, llamo y nadie aparece, las respuestas son: “Estoy en una reunión”, “Tengo clases” o “Me juntaré con mis compañeros celebrar un cumpleaños”.

Entiendo que solo almuerzan cada uno en sus horarios disponibles.

A medida que pasan los días, entiendo que esta pandemia trastoca todo, hasta la intimidad de las familias. Ya no puedo llamar a mis amigas con el tiempo que yo quisiera porque cada una tiene distintos horarios y todas debemos solucionar temas en horarios disponibles para los nuestros.

Cuando hablo con mis amigas es para ser informada del fallecimiento de un conocido o para saber de algún familiar contagiado, que despidieron al hijo(a) de…, o que alguno que tenía una empresa quebró. No quisiera seguir recibiendo estos llamados… ahora añoro los chistes, emoticones, saludos, hasta las odiosas cadenas.

Mi ánimo ha cambiado, admiro el poder de adaptación que tienen estas generaciones. Extraño mucho mis rutinas, mis talleres, mi tiempo, mis amigas, admirar los paisajes de entorno, todo. Me lamento por los que partieron y no pude visitar en su enfermedad ni acompañar en su último viaje.

El tiempo pasó y mis hijos partieron a sus lugares de residencia con sus familias. Todos con realidades muy distintas y pocas certezas de lo que vendrá. A lo menos, hasta el momento, con trabajo, pero sin mucho donde elegir, dadas las condiciones y la cesantía.

Sus rutinas son tan o más intensas que antes. Se olvidan de llamar o whatsappear para saber qué siento al tener nuevamente el “nido vacío”.

Muchos adultos mayores se la pasan en esta situación: muy acompañados, y luego, en un residencia vacía y silenciosa.



Mis días de “directora de orquesta” han terminado… debo volver a buscar mi público, que son mis amistades y pares.

A parte de la estabilidad económica, que ayuda bastante, la estabilidad emocional es muy importante para las personas mayores.

En momentos de crisis somos engranajes perfectos para que la familia continue su andar con más contención y soporte, pero no hay tanta preocupación de saber cuál es nuestro sentir frente a esta pandemia. Debemos hacer ver lo importante que somos, que la preocupación por los abuelos y  la familia es un valor que no debemos perder. Debemos incentivar lazos de amor que ni el coronavirus pueda romper.

Este virus nos ha tocado en lo más apreciados que tenemos, nuestra libertad. Por esto, para debemos blindarnos de seguridad y cuidado, en espera de la normalidad o su símil.

5/5
Rosita Soto

Rosita Soto

He tenido la oportunidad durante mi vida desarrollar muchas carreras: relaciones públicas, terapia de reiki y estudios de orientación personal. También cumplir muchos roles, unos más exitoso que otros, pero todos han ayudado a escribir la historia de mi vida. Actualmente cumplo mi rol de esposa, madre, nuera, cooperadora de causas y estudiante. Algo muy importante es tener nuestro nicho donde desarrollarnos. Esto de ser bloguera es una oportunidad que se me presentó a través de Javiera, ella en su gran mundo cyber ha sido una ayuda en mi educación tecnológica.

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